Sábado 21 de Agosto de 2010

Quería escribir algo sobre la vida. ¿Sobre la muerte? La muerte, un par de muertes. ¿Muy pretencioso? En fin, intentaré escribir sobre ciertos tipos.

Hay tipos -o minas, lo mismo da- que azarosamente van apareciendo en la vida de uno y, a la larga o a la corta, se vuelven necesarios, acaso imprescindibles. No hablo de amigos, amantes, padres ni hijos. Hablo de hombres y mujeres que personalmente nunca conocés ni te conocen pero que bien pueden resultar tan fundamentales como tus vínculos íntimos.

Para los creyentes se trata de tipos que "te cantan la posta", te muestran el camino, te iluminan. Si sos creyente en serio, está ese tipo -Jesucristo, Mahoma, Siddhartha- y después vendrán los otros, los demás, que importarán menos. Si no sos creyente, en cambio, estarán sólo los otros.

A los creyentes, ese tipo los suele convencer de que hay vida después de la muerte. Pero los otros, estos en los que me quiero detener ahora, te muestran que hay vida detrás de la vida.

Se trata de tipos que también te iluminan. A veces, claro. Porque otras veces te confunden, te desconciertan, te incomodan, te sacuden. Siempre te sorprenden. Regocijo es lo que te causan en algunos casos. También aprendés de ellos -o con ellos-, qué duda cabe, aunque no pretendan enseñarte nada. No te muestran el camino -como aquellos tres- pero puede que te muestren algún camino, uno nuevo, otro distinto, y así el asunto se vuelve más complejo, más rico, más variado. Y hasta puede que la vida parezca apasionante y todo.

Esos tipos son la cultura para uno. Muchas cosas se dicen de la cultura, ¿verdad? Sí, mucho se ha polemizado en torno al análisis de la cultura. Lejos de cualquier conceptualización, de algo estoy seguro. De que vivo y gozo la cultura especialmente a través de ciertos tipos.

Más allá de los relojes, los titulares, las pantallas, el asadito del sábado, los fideos del domingo, los quilombos del lunes y todo esto que nos rodea y nos enchastra every single day, están esos tipos. Y gracias a ellos resulta que hay vida después de los padres, los hijos, los cónyuges, los amigos, el laburo de todos los días, este clima cada vez más loco, la pelota que vuelve a rodar, este país que no lo arregla nadie y gracias a Dios que ya es viernes. Hay vida detrás de tanta, demasiada, extrema, implacable, patética, ridícula cotidianeidad.

Estos tipos suelen ser auténticos provocadores. Pero ojo: los tipos en los que estoy pensando son provocadores en serio, de los que saben dónde pegar. Nobles iconoclastas. No rebeldes de cuarta, de los que se ponen en bolas por la calle. Provocadores de los que saben ser distintos, en muchos casos conociendo como pocos a los que los precedieron y valieron la pena -los mismos de los que se diferencian, los íconos que ligan su martillazo.

¿Se dan cuenta de qué hablo? Me refiero a esos tipos que hablando, escribiendo, actuando, tocando, cantando, conduciendo, inventando, pensando, comprendiendo o haciendo lo que sepan hacer, te iluminan, te sacuden, te desconciertan, te regocijan, te angustian, te enseñan, te enriquecen. Te hacen creer. O descreer. Te obligan a darle otra vuelta a la tuerca, a mirar el mundo desde otro lado. En cierto modo te hacen, porque uno no sería lo que es sin todos esos tipos que forman esas imprescindibles y personalísimas constelaciones culturales.

Entre mis constelaciones está la de los libros (ninguna más esencial) y está la de la radio (más humilde, más tardía). El primero de estos dos tipos del sábado pasado es estrella dilecta en mi constelación literaria. El otro, en cambio, no es muy brillante en mi constelación radial, debo decirlo, pero simplemente porque llegué tarde: si no, lo sería. Y aunque no lo sea, guardo en mi memoria, difusos ahora pero impresionantes para aquel niño que yo era, algunos de sus tonos y sus silencios -célebres, según dicen. Dicen también que era de los buenos, que fue distinto, que era provocador.

Dos dandis que la vivieron, le sacaron el jugo, la dieron vuelta para este, para aquel y para otro lado, se zarparon, fueron y vinieron, subieron y bajaron una y mil veces. En ciertos asuntos no quisieron transar -más por instinto que por una sólida moral, sospecho- y en cierto modo lo pagaron. Supieron tener muchas minas y levantarla con pala. Y ambos terminaron -acaban de terminar- con poca o con ninguna. Malheridos, desaliñados y a las puteadas. Quién les quita lo bailado.

Sábado 21 de agosto de 2010. Muerte para dos. Horas antes, horas después. En una clínica, en un hospital, a pocas cuadras. Fogwill y Guerrero Marthineitz.

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