Yakuza

Muchos habrán escuchado hablar alguna vez de la yakuza, la mafia japonesa. Se dice que es una de las organizaciones del crimen más antiguas y poderosas, además de contar con más miembros que cualquier otra. Algo que, a primera vista, contrasta con el hecho de que Japón sea uno de los países más seguros del mundo, lo cual podría verse como una paradoja más de una nación repleta de contraposiciones. Aunque, bien analizado el asunto, no hay contradicción, ya que -en este caso al menos- poco tiene que ver la fortaleza del crimen organizado con otros factores determinantes de la inseguridad de un país. En otras palabras, los miembros de la yakuza no se dedican al secuestro extorsivo, ni a desvalijar casas, ni al robo a mano armada en sitios públicos y privados.

Dicho sea de paso, y aunque la yakuza -además de la prostitución, la industria del sexo, el juego, etc.- se dedica eventualmente a los estupefacientes, resulta que Japón también es uno de los países con cifras más bajas en lo que respecta al tráfico y consumo de drogas. Muy difícil que un japonés haya visto u olido -mucho más fumado- un porro alguna vez, al menos dentro de su país.

La organización de la yakuza se derivó de los códigos de los samuráis. Todo el clan se considera una familia donde se profesa la fidelidad, el ultranacionalismo y la obediencia y se aplica un estricto código de honor. Los novatos se adoctrinan a través del sistema senpai-kohai (senior-junior, avanzado-principiante, veterano-novato), en el cual se especifican los procedimientos de castigo a la deslealtad, como por ejemplo, la amputación de un dedo meñique de aquel miembro que incurra en traición (¿se imaginan a Cleto con nueve dedos?). Por esa amputación se reconoce aun hoy a los miembros retirados o disidentes.

A propósito de la relación senpai-kohai, es oportuno aclarar que se trata de un rasgo cultural presente en todos los órdenes de la vida japonesa. En mi caso, cuando llegué a Japón, mis senpais (los becarios decentes de la camada anterior a la mía) me estaban esperando en el aeropuerto, y a partir de ahí nos asistieron -a los nuevos becarios- en todo aquello que teníamos que hacer y a lo que debíamos acostumbrarnos en un país desconocido. Y a cada uno de los recién llegados se nos asignó un miembro del grupo anterior como senpai personal. A su vez, como kohais, nos vimos obligados a cumplir con ciertas obligaciones con respecto a nuestros senpais, como por ejemplo, pagarles una cena antes de que se volvieran a sus países al término del período de la beca. Los docentes de la universidad siempre se refieren a los becarios docentes en términos de senpais y kohais. Es que en Japón, todo estudiante de cualquier nivel, miembro de un club, empleado de una empresa, etc., es senpai o kohai de alguien, o ambos a la vez, y ese estatus le impone una serie de obligaciones con respecto al otro. A partir de octubre, cuando lleguen los becarios de este año, dejaré de ser un kohai para convertirme en senpai, y todo volverá a repetirse pero conmigo del otro lado esta vez.

Volviendo a la yakuza, los tatuajes de los miembros de la organización son muy importantes, revelando muchas veces el rango, el clan al que se pertenece, el lema del mismo, representando dragones de su mitología y guerreros samuráis. Empieza como un tatuaje pequeño al que se le van haciendo adiciones y termina cubriendo gran parte del cuerpo. El tatuaje es, en fin, uno de los rasgos físicos más característicos de la yakuza.

En mayo fui al festival Sanja, uno de los más importantes de Tokio. Se celebra en un santuario sintoísta del famoso distrito de Asakusa. Básicamente, es un festival religioso como tantos otros, durante el cual, entre otras cosas, los fieles cargan con santuarios movibles por las calles del barrio. Pero este festival tiene una particularidad relacionada con el tema de esta entrada. Durante los días del Sanja matsuri, en efecto, es tradicional que miembros de la yakuza se acerquen a las puertas del templo y exhiban orgullosamente sus tatuajes, algo que, si bien está prohibido por la ley, es tolerado mientras dure la festividad religiosa. Por supuesto, todo el mundo -incluso la policía, que está presente a pocos metros de los buenos muchachos, como en todo festival en el que se amontonan miles de personas- sabe que se trata de narcotraficantes, cafiolos, mafiosos. Y todo el mundo se acerca a sacarles fotos, o a hacerse sacar una junto a ellos, o le arriman los niños para también fotografiarlos junto al señor malo de hermosos tatuajes. Acá están mis fotos: tres generaciones de mafiosos japoneses.





3 comentarios:

  1. No se si reirme o llorar, como pueden admirar a esos tipos? q raptan mujeres y las obligan a prostituirse entre muchas otras cosas, que enfermos.

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  2. EXCELENTE POST!!!!!!!!!!

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  3. Te felicito excelente informacion! SALUDOS DESDE COLOMBIA.

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¡Muchas gracias por dejar tu comentario! Un abrazo. Osvaldo.